En
los inicios de los años '40, Chiara Lubich, con poco más de 20 años, daba
clases en los salones de primaria de Trento, su ciudad natal, y se había inscrito en la Facultad de Filosofía de la
Universidad de Venecia, empujada por la búsqueda de Verdad, cuando, precisamente en medio
del clima de odio y violencia de la Segunda Guerra Mundial, ante la destrucción de cada
cosa, descubre a Dios como el único Ideal que permanece. Dios, al que descubre como amor, iluminará y transformará su
existencia y la de muchos otros, mostrándole como finalidad de su vida: contribuir a la actuación
de las palabras del testamento de Jesùs "Que todos sean uno".
Con el tiempo se
entenderá que estas palabras encierran el proyecto original de Dios: componer la unidad de la
familia humana.
En esos años se inicia una
historia en la
que están contenidas las primicias del desarrollo futuro. En poco más de 50 años, a
partir de la experiencia del Evangelio vivido cotidianamente, inicia una corriente de
espiritualidad, la espiritualidad
de la unidad, que
suscita un movimiento de renovación espiritual y social con dimensiones mundiales: el Movimiento de los Focolares. |