
Un ideal por el
cual gastar la vida
Una promesa que se
mantiene siempre
Un nuevo estilo de
vida
El vértice del amor
Para esas palabras
nosotras habíamos nacido
Alegría, luz, paz
Quien a vosotros
escucha, me escucha a mí
El primer grupo se
convierte en Movimiento
Pruebas y frutos
En cada rincón de la
tierra
¿Dónde está el
secreto?

 Un ideal por el cual gastar la vida
Tenía 23 años y mis amigas tenían la misma edad o incluso eran
más jóvenes. Estábamos en Trento, nuestra ciudad natal, y la guerra arreciaba
destruyendo todo.
Cada una de nosotras tenía sus sueños. Una quería formar una familia y esperaba que el
novio regresara del frente. Otra deseaba una casa. Yo veía mí realización en el estudio
de la Filosofía... Todas teníamos objetivos e ideales por delante.
Es Dios, que, precisamente en esos momentos de guerra y de odio,
se nos revela como lo que realmente él es: Amor.
Dios Amor, Dios que ama a cada una de nosotras.
Fue un instante. Decidimos hacer de Dios la razón de nuestra vida, el Ideal de nuestra
vida.
¿Cómo? Quisimos entonces hacer como hizo Jesús, hacer la voluntad del
Padre y no la nuestra.Es más, nos propusimos ser otros pequeños Él. Sabíamos que cada
cristiano es ya otro Jesús, por el Bautismo y por la fe. Pero sólo en modo incipiente,
podríamos decir. Para serlo plenamente era necesario hacer toda nuestra parte.
Nos lo propusimos.
 Una promesa que se mantiene siempre
La guerra era despiadada, no daba tregua.
Teníamos que ir más de una vez al día y también de noche, a
los refugios hechos en la roca. Cuando sonaban las alarmas había que correr y no
podíamos llevar nada con nosotros, más que un pequeño libro: el Evangelio.
Allí encontraríamos cómo hacer la voluntad de Dios, cómo ser
otros Jesús. Lo abríamos y lo leíamos.
Y esas
palabras, leídas tantas veces, nos parecían totalmente nuevas, como si una luz las
iluminara una por una y un impulso interior nos empujara a vivirlas plenamente.
"Cualquier cosa que hayas hecho al más pequeño de mis hermanos a Mí me la
hiciste". Y, he aquí que, saliendo del refugio buscábamos, durante toda la jornada,
a los "más pequeños" para poder amar en ellos a Jesús: eran los pobres,
enfermos, heridos, niños...
Los buscábamos por las calles, tomábamos nota de cada uno para poderlo ayudar. Los
invitábamos a nuestra mesa reservándoles el mejor lugar. Preparábamos comida para
todos. Y, aun no teniendo medios, no nos faltaba nada, porque el Evangelio dice: "Dad
y se os dará".
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Nosotras dábamos y volvían sacos de harina, manzanas, los paquetes
llenaban cada día el pasillo de nuestra casa.
El Evangelio nos decía: "Pedid y se os dará". Pedíamos
"necesito un par de zapatos número 42 para Ti (en el pobre)", le decíamos a
Jesús ante el sagrario y saliendo de la Iglesia una señora nos entregaba un par de
zapatos número 42.
El Evangelio exhortaba:
"Buscad el Reino de Dios... y lo demás se os dará por añadidura". Tratábamos
de que Jesús reinara en nosotros y llegaba todo lo que necesitamos. No hacía falta
preocuparse por nada; así muchas veces, así siempre.
Eramos felices. Todas las promesas del Evangelio
se verificaban, nos parecía vivir en un continuo milagro.
Sabíamos que el Evangelio es verdadero, pero aquí lo constatábamos.
 Un nuevo estilo de vida
Todas las palabras del Evangelio nos atraían, sobre todo las que
se referían al amor. Tratábamos de hacerlas nuestras. Pero quien ama está en la luz.
"A quien me ama -dijo Jesús-, me manifestaré". Entendimos que Dios no pide
sólo que amemos a los "más pequeños", sino a todos los que encontramos en la
vida.
Mientras tanto, otras jóvenes y luego muchachos se unían a nosotras para vivir la misma
experiencia.
Los peligros de la guerra continuaban. Las bombas caían incluso sobre
nuestro refugio. Aunque éramos jóvenes podíamos morir.
Surgió un deseo en nuestro corazón: hubiéramos querido saber, de entre todas las
palabras de Jesús, cuál era la que más le gustaba. Querríamos vivirla profundamente en
los que podrían haber sido los últimos instantes de nuestra vida.
La encontramos. Es ese
mandamiento que Jesús llama "nuevo" y "suyo": os doy un mandamiento
nuevo: que os améis unos a otros como Yo os he amado".
Reunidas en círculo, unas junto a otras, nos miramos a la cara y cada una le declaró a
la otra: "Yo estoy dispuesta a morir por ti. Yo por ti". Todas por cada una.
Se hacía todo cuanto era nuestro deber (trabajo, estudio, oración, descanso), pero sobre
esta base. El amor recíproco era nuestro nuevo estilo de vida, nunca debía faltar y, si
faltaba, volvíamos a establecerlo entre nosotros. Ciertamente no era siempre fácil, no
era fácil enseguida; se necesitaba una gimnasia espiritual durante años para lograrlo
siempre.
 El vértice del amor
No obstante, pronto conocimos el secreto para mantenerlo, cómo
vivir aquél "como Yo les he amado", según la medida de Jesús.
En una
circunstancia supimos que Jesús sufrió mucho más cuando, en la cruz, tuvo la terrible
impresión de ser abandonado por su Padre y gritó: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué
me has abandonado?". En un ímpetu de generosidad, en el cual no estaba ausente
ciertamente una particular ayuda de lo alto, decidimos seguir a Jesús así, amarlo así.
Y fue justamente en ese grito suyo, cumbre de su pasión, donde encontramos la clave para
mantenernos siempre en plena comunión entre nosotros y con todos. Jesús ha experimentado
la más tremenda división, la más terrible separación, pero no ha dudado y se ha vuelto
a confiar plenamente al Padre: "En tus manos encomiendo mi espíritu".
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Siguiendo su ejemplo, y con su ayuda, no habría habido divisiones
en el mundo que pudiesen detenernos. Nuestro amor recíproco podría ser siempre una
maravillosa realidad.
 Nosotras
habíamos nacido para aquellas palabras
Un día, para protegernos de la guerra, nos encontramos en un
refugio y a la luz de una vela abrimos el Evangelio. Era la solemne página de la oración
de Jesús antes de morir: "Padre, que todos sean uno". Tuvimos la impresión de
comprenderla, aunque es difícil, pero sobre todo nos quedó la neta sensación de que
nosotras habíamos nacido para aquellas palabras, para la unidad, para contribuir a
realizarla en el mundo.
El mandamiento nuevo, que nos
esforzábamos en mantener siempre vivo entre nosotras, realizaba precisamente la unidad.
Y la unidad es portadora de una realidad extraordinaria, excepcional, divina, del mismo
Jesús: "Donde dos o tres están reunidos en mi nombre (es decir, en su amor), yo
estoy en medio de ellos". Donde está la unidad está Jesús.
 Alegría, luz, paz
Y porque estaba Jesús, porque vivía entre nosotras y en
nosotras, no se podía dejar de advertir su presencia.
Se advertía una alegría que no se había probado nunca, se experimentaba una paz nueva,
un nuevo ardor; una luz iluminaba y guiaba el alma...
Y, porque estábamos unidos y Jesús estaba entre nosotros, el
mundo a nuestro alrededor se convertía.
"Que sean uno para que el mundo crea", había dicho
Jesús. He aquí que muchas personas volvían a Dios, muchos otros descubrían a Dios por
primera vez.
Y porque Jesús estaba entre nosotros, llamaba. Florecían así
distintas vocaciones: había quien quería consagrarse a Dios en la virginidad para
realizar la unidad por doquier, y nacían los focolares; quien, inclusive casándose, se
ponía totalmente a disposición de Dios; quien entraba en el convento..., quien se hacía
sacerdote...
Se conocía también el odio del mundo prometido por Jesús, pero se
experimentaba que Él , en medio nuestro, es más fuerte: no dejaba a nuestro alrededor
las cosas como estaban , sino que iluminaba también la economía, la política, el
trabajo, las estructuras sociales.Cristificaba la sociedad que nos circundaba, la hacía
nueva.
Y dado que Jesús es vida, crecíamos continuamente en
número. Al cabo de dos meses de nuestro inicio, éramos quinientos, de diferentes edades,
categorías sociales, de ambos sexos, de toda vocación.
 Quien a vosotros escucha, me escucha a mí
Nos parecía que no éramos otra cosa que cristianos, nada más
que cristianos, que se esfuerzan en poner en práctica el Evangelio.
No obstante, advertíamos la exigencia de
expresarle nuestra experiencia al Obispo. Su juicio para con nosotros habría sido el de
Jesús, de Jesús que, hablándole a sus apóstoles, había dicho: "Quien a vosotros
escucha, a mí me escucha".
Y el Obispo aprobó: "Aquí está el dedo de Dios" -dijo-.
Y seguimos adelante.
 El primer grupo se convierte en Movimiento
Aquel
primer grupo creció, se convirtió en Movimiento y, año tras año, se difundió como una
explosión, primero en Italia, luego en toda Europa y ahora, después de un camino de más
de 50 años, está presente, se puede decir, en todas las naciones del mundo.
Nosotros atribuimos esta rápida expansión al hecho de haber conservado siempre, con la
ayuda de Dios, una fuerte unidad entre nosotros, que hace que Jesús esté presente, y al
haber estado siempre profundamente unidos, como sarmientos a la vid, al Papa y a los
Obispos, en los cuales Jesús está también presente.
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 Pruebas y frutos
El Espíritu diseñó a lo
largo de los años, las líneas que esta Obra debía asumir paso a paso.
La luz fue muy abundante, más de lo que podemos expresar.
Las pruebas nunca han faltado porque al árbol que da frutos se le poda. Y los frutos
fueron innumerables. Así se puede ver, también a través de este Movimiento, lo que
puede hacer Jesús si nosotros los cristianos, no obstante nuestra pequeñez y nuestra
miseria, nos esforzamos en dejar que él viva, en nosotros y en medio de nosotros.
 En cada rincón de la
tierra
Llevar el amor de Jesús por
doquier. Querríamos que el amor se propagase en cada rincón de la tierra.
Llevar la unidad incrementándola al campo religioso y humano, entre las personas, entre
los grupos y entre los pueblos.
Esto se hace al lado y en colaboración con todas las realidades de la Iglesia surgidas a
lo largo de los siglos, con las nuevas asociaciones -Movimientos, grupos- que caracterizan
estos tiempos, con decenas de miles de cristianos de otras Iglesias. Incluso fieles de
otras religiones y personas de buena voluntad se sienten atraídas por la viva fraternidad
que allí encuentran.
 ¿Dónde está el secreto?
El secreto está en haber arriesgado al inicio la vida por un gran
Ideal, el más grande: Dios.
En haber creído en su amor y, por lo tanto, habernos abandonado momento tras momento a su
voluntad.
Si hubiésemos hecho la nuestra, si hubiésemos seguido nuestros proyectos, ahora no
habría nada.
Pero -aun con nuestros límites- nos hemos lanzado en esta divina aventura. |